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RUBEN BLADES

      Hijo de una cubana que cantaba boleros y de un detective panameño aficionado al bongó, nacido y criado en el barrio proletario de San Felipe, en Panamá, tal vez Rubén Blades llegó al Mundo predestinado a ser un revolucionario en el arte y por eso, a pesar de las dificultades, se impuso llegar, a toda costa, hasta donde llegó... para desde allí cantar lo que quería cantar.

      Quizás este camino inusual, lleno de retrocesos y pausas, se lo marcó su abuela paternal la colombiana Enma Bosques, una mujer con estudios universitarios, yoga y feminista precursora, que según el juicio de su propio nieto "estaba maravillosamente loca: practicaba la levitación y me inculcó la tonta idea de que la justicia es importante y de que todos podemos colaborar y ser parte de la solución", mientras, de la mano, conducía al joven Rubén a los estrenos de comedias musicales norteamericanas... 0 quizás quien lo ató a la música fue la figura enorme de Benny Moré, el cantante más oído en su casa y al que una tarde, cuando Rubén apenas tenía 10 años, sus padres lo llevaron para que lo viera actuar en una de sus giras por el istmo.

      Así y todo, lo cierto es que la música parecía entonces algo muy distante, pero la pasión, el empeño y el talento lo llevarían al éxito, desde el cual se ha convertido, de influido, en influyente: casi diría que en el imprescindible de la salsa.

      Tan convencido estoy del acierto anterior como de que sin la figura de Rubén Blades la salsa habría quedado incompleta. Porque desde sus orígenes, marginales y barrioteros, allá en la segunda mitad de los 60 neoyorquinos, la salsa marcó una notable vocación social y participativa que se empeñaba - como dijera César Miguel Rondón - en cantarle al barrio y a su nueva circunstancia.

      Sin embargo, la llegada de Rubén al mundo salsero, que se produce justo en el año 1960, marcó desde el principio una reveladora diferencia: aquel joven panameño ya estaba destinado a ser el máximo poeta de la salsa y, por tanto, uno de los hombres capaces de darle su identidad musical. No obstante, su voz - que no limitaba y ni siquiera recordaba a la de nadie - y sus composiciones, abiertamente combativas, se adelantaron demasiado a su tiempo y le provocaron el primer y más rotundo fracaso. Aquellos números iniciales, recogidos en el álbum De Panamá a Nueva York: Pete Rodríguez presenta a Rubén Blades, se caracterizaban por su aguda intensión participativa, visible en una obra como "Juan González", el canto épico a un guerrillero muerto en combate - recuérdese que estamos en 1970-, lo que provocó la prohibición del disco en varios países del Caribe donde se le consideró ciertamente "subversivo". Pero, con aquel disco, se marcaba un hecho demasiado importante para el futuro de la salsa: la política había entrado en el movimiento, y lo hacia de la mano de Rubén.

      Entonces aquel jovencito rubio y bien educado debió asumir su derrota inicial. Así regresa a Panamá con la intención de hacerse con el título de abogado, sólo vuelve a Nueva York en 1974 para - gracias a la gestión de su amigo Ricardo Ray - entrar otra vez en el mundo de la música, ocupando un "importante" puesto en la oficina de correos del monopolio disquero Fania: él sería el encargado de pegar los sellos de la abultada correspondencia de la compañía.

      Pero con el regreso, Rubén insiste en hacer su música mirada con recelo por los promotores, pues la consideraban una modalidad de la "canción protesta" - y compone entonces piezas que lo van haciendo notable, como "Las esquinas del son" y, sobre todo, "Cipriano Armenteros" (ambas grabadas por Ismael Miranda),en la que contaba la mística historia de un bandolero panameño de principios del siglo XIX.

      Pero su clarinada definitiva sonaría en 1977, cuando al fin puede dar rienda suelta a su creatividad y graba con Willie Colón el disco Metiendo Mano, donde incluía piezas como "Pablo Pueblo" y "La Maleta" y le daba forma perdurable a algo que pronto sería conocido como "salsa consciente".

      A la distancia de tres lustros, la separación de Rubén Blades y Willie Colón es a la salsa lo que la disolución de los Beatles fue a la música rock. Y no exagero tanto como se podrá pensar: obras como Metiendo mano, Siembra (el disco de salsa más vendido en el mundo) o Canciones del solar de los aburridos, hicieron de esta combinación, por cinco años, la más eficaz, vanguardista y seguida en la música caribeña, y dejaron establecidas las mayores cuotas de influencia que el movimiento ha proyectado hacia un futuro en el que tocaron a figuras como el propio Juan Formell, a un Gilberto Santa Rosa o a un Juan Luis Guerra, otro de los genios de la música popular del Caribe contemporáneo.

      No obstante, tras la ruptura con Willie Colón, el ascenso de Baldes, ya en solitario, no se detuvo: primero entregó, en 1980, la impresionante ópera-salsa Maestra Vida; luego, ya con su propia banda (Los Seis del Solar, después ampliados a Son del Solar), graba discos tan definitivos como Buscando América, Doble Filo, Nothing But The Truth, Antecedente (ganador del Grammy del 89) o Amor y control, un volumen de impresionante madurez, plagado de contenidos políticos humanísticos en medio de vanguardistas soluciones sonoras… Toda una obra que avala para Rubén el titulo de "el hombre más racional de la salsa" y lo afincan en su lugar privilegiado, como uno de los cronistas inaplazables del espíritu latinoamericano de nuestro tiempo.

      Pero este camino, largo y tortuoso, nunca ha sido fácil: su música, mezcla de ritmos caribeños, jazz y rock, llena de inflexiones cariocas y tempos de guaguancó cubano, debió luchar contra corriente para superar el timbre fácil y contagioso de la salsa "a la medida" rescatada del viejo repertorio cubano, y para poder demostrar que la música es un organismo vivo y que la salsa, dentro de esa vitalidad, constituye la expresión de una realidad en la cual, junto a la fiesta y el amor, conviven el desarraigo, el dolor, la discriminación y la miseria. Rubén Blades se sentía un artista comprometido con su tiempo y su gente y, como artista, quería llegar a donde nadie habla llegado.

      Por eso es que en la década del 80 amplia sus proyecciones por dos vías: la de las colaboraciones con los grandes ídolos de la música rock y pop, que con su arraigo le permitirían llegar a más amplios sectores del público; y el cine, donde inicia una carrera intensa --no tan exitosa como la musical, ciertamente--, desde la cual ha luchado por la dignificación de los personajes latinos en el mundo maniqueo de Hollywood.

      En cualquier caso, la impronta de Rubén Blades es uno de los signos distintivos del movimiento salsero a partir de los años 70, especialmente por lo que su lírica y su proyección social han aportado. Y esa voluntad de participación resultó tan fuerte que él creyó posible extenderla al campo de la política, donde se enfrascó en una agotadora campaña electoral que lo alejó de escenarios y platós, sólo para salir derrotado. Aunque, valdría la pena preguntarse: ¿no habrá sido para bien del artista, eficiente y necesario que es Rubén Blades, ese imprescindible de la salsa?